Bartolomé Estirado Cuerdo, persona buena, no supo jamás decir que no. Arrastrando durante toda su vida la penitencia del singular pecado, ora en el trabajo, ora en su familia y amistades. Se las daban hasta en su partida de nacimiento. Vivió desengañado de la sociedad, que él veía como al cruel y desalmado enemigo.
No es que se le diera muy bien el decir que sí, que se le daba, sino que para él la negación no existía. Todas las personaas que lo conocían coincidían en opinar que a Bartolomé le
faltaba un fervor.
Puede ser que así fuera, pero se debiera tener claro que si al señor Estirado Cuerdo le faltaba un hervor a más de la mitad de la poblacióm se le
pasa el arroz, no por tener más o menos edad precisamente...
amoramar
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