Daniel quedó parado, mirándola marchar, hizo esfuerzos para aguantar unas lagrimas que ya libres resbalaban por sus mejillas. Anduvo tres pasos, se paró para verla alejarse mientras musitaba: "Se me casa, mi niña la campeona se me casa..." En ese mismo instante en los árboles de la alameda sus hojas otoñales de color castaño claro, daban al paseo un cierto aire de melancolía. En la rama de uno de ellos, una mama golondrina en su nido preguntaba a sus crías: "¿Qué os parece lo de esa pareja de humanos que se acaban de despedir?", el primero que era el más lógico de los tres dijo: "Por la manera que se ha emocionado el hombre, imagino que serán un padre y una hija que se estaban despidiendo para no verse en cierto tiempo". El segundo de ellos, el pícaro, indicó: "¡Está muy claro! El viejo verde quería ligar y le ha salido el tiro por la culata, por eso se ha puesto a llorar". El tercero y último que era el menos considerado de la nidada, manifestó: "¡Perdonadme!, pero los dos se han emocionado. ¿No os habéis fijado lo que guardaba ella en la palma de su mano? Lo que he visto en esa pareja no es para tratarlo con palabras sino para apreciarlo, por eso no voy a decir ni pío. Entretanto, la ocre hojarasca caída tapaba los zapatos de Daniel que inmóvil asemejaba a una sombra quieta como fijada al fondo de la alameda.
amoramar
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