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Simplemente señor Pedro, me he sentido camarada (esta palabra a usted le gusta más), de su alma, cuando he hablado de que comparto sus mismos sentimientos. Referente a la última cuestión que usted me solicita, nunca he hablado de estar conforme con el destino...
– ¡Vamos a ver!, el que yo no pueda tener a mi mujer aquí y ahora sobrepasa mis deseos, ¿verdad? no en cambio usted... Si quisiera hoy mismo podía estar con ella.
– ¿Cómo?, ¿Utilizando la tecnología moderna?
– Manuel, Manuel, ¡qué somos mayorcitos!...– Tenerla no sólo depende mi, me gustaría que me entendiera... Usted ya la posee, aunque sea en otra esfera, yo, no. Todo depende de mi destino y, ¡por supuesto! del de ella.
– Mande a su destino a freír gárgaras, utilice solamente su deseo, lo demás vendrá por añadidura.
– Si todo fuera tan sencillo...
– Perdóneme pero no entiendo el problema, su problema.
– No hay mucho que entender: una mujer, un hombre y sus destinos.
– Si usted me permite le daría un consejo. Bueno, mas que un consejo sería una observación que le podría ir bien.
– Lo que usted quiera, señor Pedro, lo que usted quiera.
– Piense y medite que es mejor para usted y para su amada, no esconda en estas cuestiones jamás la verdad, después decida lo que decida, ¡cúmplalo!
Continuará...
amoramar
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